Elegguá aparece aquí en su forma más simbólica: niño, pero con poder absoluto.
La sonrisa amplia no es inocencia vacía, es conciencia. Elegguá sabe lo que viene, lo que se abre y lo que se cierra. Está sentado con naturalidad, como quien domina sin esfuerzo, porque su poder no necesita imponerse, simplemente es.
El bastón en su mano representa autoridad sobre los caminos, mientras que el garabato señala su capacidad de torcer destinos, de mover las energías a su favor o en contra. La cesta a sus pies sugiere intercambio: nada se recibe sin dar, todo tiene un balance.
El rojo y negro en su vestimenta refuerzan su dualidad:
bien y mal, apertura y cierre, juego y prueba.
Esta imagen transmite una verdad directa:
antes de cualquier paso, decisión o avance… todo pasa por Elegguá.
Es quien pone las oportunidades, pero también quien mide si estás listo para cruzarlas.
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